LA RELIGIÓN COMO PILAR DEL ESTADO

Gabriel Elorriaga indaga en la raíz cristiana de la democracia en su libro: «Sed de Dios»

El hombre es un ser racional. Esto le distingue. Es capaz de diferenciar entre el bien y el mal. Pero esta escala no siempre surgió de los poderes del Estado, del derecho positivo: «Los valores prepolíticos son anteriores a las legislaciones. Su origen es religioso. No necesitamos una ley que nos descubra que no debemos matar o robar. Estos valores se encuentran dentro de nuestro código genético y no tienen que declararse formalmente». Es una idea que exprime el escritor y jurista Gabriel Elorriaga en su nuevo libro, «Sed de Dios».
El valor de los candidatos
Entre la religión y la política siempre ha existido una relación de amor-odio. Filósofos como Nietzsche afirmaron la muerte de Dios y lo consideraban una mera invención, una vía de escape ante la realidad trágica de la vida. Una verdad considerada errónea por Elorriaga: «Los filósofos durante siglos han creído que los valores religiosos se han evaporado, pero no ocurre así. Al contrario, en el siglo XXI las tensiones ideológicas tienen su origen en estos valores prepolíticos». Elorriaga desgrana los entresijos de la política para extraer la importancia de una comunión entre ésta y religión: «En EE UU, el funcionamiento entre ambas está presente. Incluso, en ocasiones, el pensamiento religioso del candidato mide sus cualidades como dirigente. Es algo que se da con total naturalidad. Europa, en cambio, atravesó un proceso de secularización en el que una serie de regímenes totalitarios sacralizados fueron protagonistas. Era la alianza entre el “trono” y el “altar”. La respuesta se tradujo en una corriente anticlerical típicamente europea».
El libro resalta la falta de una buena práctica, por parte de unas instituciones preocupadas por las tendencias de la sociedad, y de asumirlas como un hecho real sin desterrarlas de la vida pública. «El laicismo se empeña  en erradicar esta cooperación y este marco de libertad, en desplazar la religión a la vida en la sombra. Es un fenómeno artificial. El Estado no debe intervenir en este tipo de dimensiones que pertenecen únicamente al hombre».
La ciencia se considera una baza importante para los más escépticos. «La ciencia no tiene la menor posibilidad de acorralar a la religión, está limitada por la capacidad de deducción, a través de fórmulas matemáticas, lógicas o experimentales, y de análisis de un universo de carácter infinito en gran parte desconocido –asegura el autor–. Estas técnicas del mundo palpable no pueden llegar a ese “mundo invisible” que no tiene nada que ver con la ciencia, pero coexisten cada uno en su campo. Es la dimensión espiritualista. No sólo la ciencia ha puesto en duda la verdad de las religiones».
Ateísmo permitido
En las sociedades actuales, la fuerza e influencia de la religión sobre la sociedad ha descendido. Pero explica Elorriaga: «El ateísmo civilizado y el agnosticismo son consecuencias de las sociedades cristianas democráticas con libertad de expresión, uno es libre de pensamiento. Esto es algo impensable en sociedades no cristianas donde el dogma del Estado es el único posible».
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