Natividad del Señor: La señal de Dios es el niño

Se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza.  Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro  amor...


La Noche santa los Ángeles  dijeron a los pastores: « Hoy, en la ciudad de  David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis una señal:  encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre » (Lc 2,11s.).  Nada prodigioso, nada extraordinario, nada espectacular se les da como señal a  los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los  niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que  no está acostado en una cuna, sino en un pesebre. La señal de Dios es el niño, su  necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver  que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos  escuchado en la primera lectura: « un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha  dado. Lleva al hombro el principado » (Is 9,5). Tampoco a nosotros se nos ha  dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio,  nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el  pesebre.


La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es  que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con  poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra  ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza.  Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro  amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus  sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a  practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del  amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo,  acogerlo, amarlo. Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo  Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para  mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo  Testamento. Allí se leía: « Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado»  (Is 10,23; Rm 9,28). Los Padres lo interpretaron en un doble sentido. El Hijo  mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan  pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra  esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los  débiles. A respetar a los niños. El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos  los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de  violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la  miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el  niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño.


Oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos  estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra  mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz  del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para  vivir.  Con eso hemos llegado al segundo significado que los Padres han encontrado en  la frase: « Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado ». A través de los  tiempos, la Palabra que Dios nos comunica en los libros de la Sagrada Escritura  se había hecho larga. Larga y complicada no sólo para la gente sencilla y  analfabeta, sino más todavía para los conocedores de la Sagrada Escritura, para  los eruditos que, como es notorio, se enredaban con los detalles y sus problemas  sin conseguir prácticamente llegar a una visión de conjunto. Jesús ha «hecho  breve» la Palabra, nos ha dejado ver de nuevo su más profunda sencillez y  unidad. Todo lo que nos enseñan la Ley y los profetas se resume en esto: «  Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu  mente Amarás a tu prójimo como a ti mismo  (Mt 22,37-39). Esto es todo: la  fe en su conjunto se reduce a este único acto de amor que incluye a Dios y a los  hombres.


Pero enseguida vuelven a surgir preguntas: ¿Cómo podemos amar a  Dios con toda nuestra mente si apenas podemos encontrarlo con nuestra  capacidad intelectual? ¿Cómo amarlo con todo nuestro corazón y nuestra alma si  este corazón consigue sólo vislumbrarlo de lejos y siente tantas cosas  contradictorias en el mundo que nos oscurecen su rostro? Llegados a este punto,  confluyen los dos modos en los cuales Dios ha "hecho breve" su Palabra. Él ya no  está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho  niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad. Se ha hecho nuestro  prójimo, restableciendo también de este modo la imagen del hombre que a  menudo se nos presenta tan poco atrayente. Dios se ha hecho don por nosotros.  Se ha dado a sí mismo. Por nosotros asume el tiempo. Él, el Eterno que está por  encima del tiempo, ha asumido el tiempo, ha tomado consigo nuestro tiempo.


Navidad se ha convertido en la fiesta de los regalos para imitar a Dios que se ha  dado a sí mismo. ¡Dejemos que esto haga mella en nuestro corazón, nuestra  alma y nuestra mente! Entre tantos regalos que compramos y recibimos no  olvidemos el verdadero regalo: darnos mutuamente algo de nosotros mismos.  Darnos mutuamente nuestro tiempo. Abrir nuestro tiempo a Dios. Así la agitación  se apacigua. Así nace la alegría, surge la fiesta. Y en las comidas de estos días de  fiesta recordemos la palabra del Señor: «Cuando des una comida o una cena, no  invites a quienes corresponderán invitándote, sino a los que nadie invita ni  pueden invitarte» (cf. Lc14,12-14). Precisamente, esto significa también: Cuando  tú haces regalos en Navidad, no has de regalar algo sólo a quienes, a su vez, te  regalan, sino también a los que nadie hace regalos ni pueden darte nada a  cambio. Así ha actuado Dios mismo: Él nos invita a su banquete de bodas al que  no podemos corresponder, sino que sólo podemos aceptar con alegría.  ¡Imitémoslo! Amemos a Dios y, por Él, también al hombre, para redescubrir  después de un modo nuevo a Dios a través de los hombres.


Finalmente, se manifiesta un tercer significado de la afirmación sobre la Palabra  hecha «breve» y «pequeña». A los pastores se les dijo que encontrarían al niño  en un pesebre para animales, cuyo cobijo normal es el establo. Leyendo a Isaías  (1,3), los Padres han deducido que en el pesebre de Belén había un buey y una  mula. E interpretaron el texto en el sentido de que estos serían un símbolo de los  judíos y de los paganos –por lo tanto, de la humanidad entera–, los cuales  precisan de un salvador, cada uno a su modo: del Dios que se ha hecho niño.  Para vivir, el hombre necesita pan, fruto de la tierra y de su trabajo. Pero no sólo  vive de pan. Necesita sustento para su alma: necesita un sentido que llene su  vida. Así, para los Padres, el pesebre de los animales se ha convertido en el  símbolo del altar sobre el que está el Pan que es el propio Cristo: la verdadera  comida para nuestros corazones. Y vemos una vez más cómo Él se hizo pequeño:  en la humilde apariencia de la hostia, de un pedacito de pan, Él se da a sí mismo.  De todo eso habla la señal que les fue dada a los pastores y que se nos da a  nosotros: el niño que se nos ha dado; el niño en el cual Dios se ha hecho  pequeño por nosotros.


Pidamos al Señor que nos dé la gracia de mirar esta noche  el pesebre con la sencillez de los pastores para recibir así la alegría con la que  ellos tornaron a casa (cf. Lc 2,20). Roguémoslo que nos dé la humildad y la fe  con la que san José miró al niño que Glossary Link María había concebido del Espíritu Santo.  Pidamos que nos conceda mirarlo con el amor con el cual María lo contempló. Y  pidamos que la luz que vieron los pastores también nos ilumine y se cumpla en  todo el mundo lo que los ángeles cantaron en aquella noche: «Gloria a Dios en el  cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». ¡Amén!

NATIVIDAD DEL SEÑOR  HOMILÍA DEL SANTO Glossary Link PADRE BENEDICTO XVI  Basílica Vaticana  Domingo 24 de diciembre de 2006


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