¿Legalizar la droga?. por Chesterton

Quiso la feliz fortuna que cayera en mis manos un libro de G.K. Chesterton. Allí encontré este pasaje lucidísimo que quiero compartir: Patricio Domínguez



“Pero de todas las ideas modernas generadas por la pura riqueza, la peor es ésta: la noción de que la domesticidad es aburrida y sosa. Dentro del hogar (dicen) no hay más que decoro mortecino y rutina; fuera está la aventura y la variedad. Ésta es sin duda la opinión de un hombre rico. El hombre rico sabe que su propia casa se mueve sobre las anchas y silenciosas ruedas de la riqueza, la hacen avanzar regimientos de sirvientes gracias a un ritual rápido y callado. Por otra parte, todo tipo de vagabundeo romántico está abierto a él en el exterior, en las calles. Tiene mucho Glossary Link dinero y puede permitirse ser un vagabundo. Su más loca aventura terminará en un restaurante, mientras que la aventura más modesta de un gañán puede acabar en la comisaría. Si rompe una ventana, puede pagarla; si aplasta a un hombre, puede pasarle una pensión. Puede comprar (como el millonario de la historia) un hotel para conseguir un vaso de ginebra. Y como es él, el hombre de lujo, quien dicta el tono de casi todo el pensamiento “avanzado” y “progresista”, nosotros casi hemos olvidado lo que un hogar significa realmente para abrumados millones de seres humanos.” (Lo que anda mal en el mundo I, 8)


Se me viene a la cabeza el debate sobre la legalización de las drogas en nuestro país. Quizá llamarlo “debate” es demasiado, llamémoslo bullicio o graznido. Políticos auto-denominados “progresistas” y pensadores con tribuna en los cenáculos liberales de la república se pronuncian a favor de legalizar la tenencia y auto-cultivo de marihuana u otras drogas. La razón que esgrimen es la siguiente: “el estado no tiene derecho de decidir cómo sus ciudadanos se entretienen, siempre que no dañen al resto. Además, con la legalización de la droga se acabaría el narcotráfico, que es un flagelo en las poblaciones, etc.” Muchos incluso añaden, como para reforzar la prueba, que fumar marihuana es en todo caso mejor que perder la conciencia en una borrachera (¡!). Es como decir: “robar no es tan malo, porque matar es peor”. Este tipo de argumentación lo que realmente hace es reforzar la teoría de que la marihuana afecta al cerebro.


Pero volvamos al razonamiento anterior. El problema de este razonamiento es que, además de ser falaz, es estúpidamente burgués. La imagen mental que opera detrás de este razonamiento es la de un “carrete” nocturno, en donde jóvenes con un cierto bienestar (por ejemplo, candidatos a alcalde, diputados, artistas visuales y ociosos en general) aprovechan de fumarse un pito de marihuana para aumentar el número de carcajadas, sentir otras cosas o perder la conciencia habitual. Entonces piensan: “¿le hacemos daño a la sociedad con esta inocente actividad? ¿Porqué recurrir al narcotráfico y exponerse a una sanción por algo completamente inocente? Esto hay que legalizarlo”.


Legalizar la droga significa para un burgués que lo dejen en paz con su pasatiempo y que además no lo jodan con tener que ir a la población, al barrio bajo, a buscar su pastilla de entretención. Pero para la gente de la población, la gente pobre de Chile, que legalicen la droga significa otra cosa. Para alguien que vive en la pobreza extrema y en la frustración, la droga puede ser más que un aliño del viernes por la noche: puede ser una escapatoria, una evasión total, de la cual no se sale, porque no hay plata para pegar una terapia de desintoxicación. Un pito de marihuana puede ser el primer paso para una vida desperdiciada, pues la droga afecta al cerebro de modo irreversible. Es literalmente tirar a la basura la única herramienta para salir adelante: la interrelación de inteligencia, memoria y voluntad que llamamos “mente”. Un joven semi analfabeto que cae en la droga probablemente no termine nunca de aprender a leer. Los drogadictos no son en su mayoría rockeros ingleses, niñitas flacas vestidas a la moda o abogados vanidosos, sino jóvenes pobres que terminan deambulando con la mirada idiotizada y un brillante futuro de criminalidad por delante.


Y entonces a un montón de burgueses iluminados se les ocurre abolir una de las ayudas que quedan para combatir a la drogadicción: el peso de la ley. Lo que los padres de familia en las poblaciones piden a gritos es que se acabe el flagelo de la droga y que a los narcotraficantes los metan presos de por vida. Piden a gritos que la ley los ayude a poder tener una familia sana, un hogar feliz en donde poder descansar como Dios manda el día domingo. No quieren tener un hijo preso por haber entrado a robar totalmente drogado o un nieto que no pueda aprenderse la tabla del 3 porque la marihuana le impida concentrarse en el colegio.


Pero no: como diría Chesterton, estos intelectuales ricos están hartos de tener un hogar estable y de no vivir en una población llena de delincuentes. Consideran que la paz hogareña es algo incomparablemente más vil que la libertad garantizada por el estado de que ellos puedan pasarlo bien como se les antoje. Pero estos caras de palo justifican su postura aduciendo razones filantrópicas o “democráticas”: que la legalización de la droga traería el fin de narcotráfico, que según la última encuesta x una “creciente tendencia mayoritaria” estaría a favor de la legalización. Si los demócratas se jactan de proteger los intereses de los débiles, podrían en primer lugar hacer un plebiscito entre las madres de las poblaciones más pobres. Probablemente sus teorías de avanzadas recibirían allí una paliza aplastante. Las verduleras o tejedoras de la población quizá no entiendan de filosofía progresista, pero son expertas en la mejor de las “políticas públicas”: el bien de los hijos y del hogar.

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