Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje

La Regla, en su concepto, no es más que un experto guía, y muy seguro, para llegar a Dios. Al escribirla no pretende san Benito establecer cosa alguna fuera –o al margen– de la vida cristiana; no asigna a sus monjes fin alguno particular, contentándose con este general de «buscar a Dios».

 

Esto es lo que exige, ante todo, del que llama a las puertas del monasterio con intención de abrazar la vida monacal; a esta disposición de ánimo reduce todos los otros motivos de vocación, ya que ella forma como la clave de toda su doctrina y el centro de la vida que quiere ver practicar a sus hijos.Ése es el objeto que señala, en primer término, a sus monjes, y como tal no debemos jamás perderlede vista; liemos de examinarlo con frecuencia, y, sobre todo, ajustarnos a él en nuestro obrar. El hombre, corno sabéis, en sus actos deliberados obra por un fin. Corno criaturas libres y  racionales que somos, jamás ejecutamos una acción si no es por algún motivo.

Trasladémonos con la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día, sus calles son una cadena sin fin de gentes de toda clase social; semejan un verdadero ejército en maniobras, un mar humano en constante ondulación. Los hombres van y vienen, tropiezan, se cruzan; todo con gran celeridad –porque, sin apenas cambiarse un saludo. Cada uno de estos seres innumerables obra independientemente, persigue un fin particular. ¿Qué buscan?¿Qué les impulsará a esos millares y millares de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Qué fin se proponen? ¿Por qué se dan prisa? Unos van tras los placeres, otros en pos de los honores: éstos acosados por la fiebre de la ambición, aquéllos acuciados de la sed de oro; casi todos, en busca del sustento cotidiano.

La criatura es para muchos lo que atrae los efectos del corazón y del alma; de vez en cuando, corno perdida en ese mar inmenso, se desliza la dama que visita el tugurio del pobre;otra vez es la hermana de la caridad la que se desentiende del barullo de la calle, buscando a Jesús en uno de sus miembros doloridos; o es un sacerdote que pasa sin ser notado, con el copón oculto sobre el pecho, para llevar el viático a un moribundo... Mas, de esta inmensa muchedumbre que va en pos de la criatura, son muy pocas las almas que trabajan únicamente por Dios.Y, no obstante, lo que da valor a nuestras acciones es la influencia del móvil. Reparad en dos hombres que emigran juntamente a una región lejana. Ambos a dos abandonan patria, amigos y familia.

Desembarcados en tierra extraña, se internan en el país; expuestos a unos mismos peligros, atraviesan los mismos ríos, cruzan las mismas montañas e idénticos son los sacrificios que se imponen. Pero el uno es un mercader dominado por la codicia, el otro un apóstol celoso de las almas. La mirada humana apenas si nota diferencia de móviles en estos dos hombres; sin embargo, Dios sabe que media entre ambos un abismo; y este abismo es el móvil, el fin, lo que lo hace infranqueable. Dais un vaso de agua al mendigo, una limosna al pobre: si lo hacéis en nombre de Jesucristo, es decir, por un impulso de la gracia, porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: «Todo lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos, a mí me lo hacéis» (Mt 25, 40), vuestra acción esgrata a Dios; y ese vaso de agua, que no es nada, y esa limosna, que es tan poca cosa, no quedará,con todo, sin recompensa. Por el contrario: depositad un puñado de oro en manos de ese pobre para pervertirlo, y vuestra acción será abominable.Así, pues, el móvil por el cual obramos, el fin que en todo perseguimos y que debe orientar nuestro ser y obrar, es de capital importancia para nosotros. No olvidéis jamás esta verdad: el valor de una persona se mide por lo que busca, por aquello a que se aficiona. ¿Buscáis a Dios? ¿Vais a Él con todo el ardor de vuestra alma? Por muy cerca queestéis de la nada por vuestra condición de criaturas, os eleváis porque os unís al ser infinitamente perfecto. ¿Buscáis la criatura, y por tanto, satisfaceros de placeres, honores, ambición; es decir, os buscáis a vosotros mismos bajo estas formas?

Entonces, por grande que sea la estima en que ostenga la gente, valéis lo que esa criatura vale, os bajáis a su nivel; y tanto más os envilecéis cuanto ésta es más despreciable. Una obscura hermana de la caridad, un simple hermano lego que busca a Dios, que pasa su vida en humildes trabajos, por cumplir la voluntad divina, es incomparablemente más grande ante Dios –cuyo juicio es el único que nos importa porque es eterno– que un hombre colmado de riquezas, rodeado de honores o ahíto de placeres.Sí, el hombre se mide por lo que busca. Por esto san Benito, que presenta a los secuaces de la vida monástica como «raza fortísima» exige, del que intenta abrazar esta vida, un motivo tan sobrenatural y perfecto como  es el poseer a Dios: «Si de veras busca a Dios». Pero, me diréis, ¿qué se entiende por buscar a Dios? ¿Qué caminos conducen a Él? Porque menester es buscarlo de manera que se le pueda encontrar. Buscar a Dios forma todo el programa: hallarlo y permanecer habitualmente unido a ti por los lazos de la fe y de la caridad, es toda la perfección.Digamos, pues, lo que es buscar a Dios: a qué condiciones está sujeta esta búsqueda, y veremos luego los  frutos que redundan en provecho del que en esto se afana. Con el fin que nos proponemos queda indicada a la vez la senda que nos conducirá a la perfección; pues si buscamos a Dios como se debe, nada nos impedirá hallarlo, y en Él tendremos todos los bienes.

 

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