El Credo Comentado por Santo Tomás de Aquino 4

Artículo 4. PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO



59.—Así como le es necesario al cristiano creer en la encarnación del Hijo de Dios, así también le es necesa­rio creer en su pasión y en su muerte, porque, como dice San Gregorio, "de nada nos aprovecharía el ha­ber nacido si no nos aprovecha el haber sido redimi­dos". Pues bien, que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado, que apenas puede nuestra inteli­gencia captarlo; no sólo, sino que no le cuadra a nues­tro espíritu. Y esto es lo que dice el Apóstol (Hechos 13, 41): "En vuestros días yo voy a realizar una obra, una obra que no creeréis si alguien os la cuenta". Y Habacuc I, 5: "En vuestros días se cumplirá una obra que nadie creerá cuando se narre". Pues tan grandes son la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo por nosotros más de lo que podemos entender.

60.—Sin embargo, no debemos creer que de tal ma­nera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Di­vinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en El. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hom­bre. Y esto es patente mediante tres ejemplos.


El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.

Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Di­vinidad sino la naturaleza humana.

61.—Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado a cualquier otro hombre.

62.—A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si al­guien se la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana na­turaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.

63.—Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.

64.—Pero ¿qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? Muy grande. Y se puede deducir una doble necesidad. Una, como remedio de los pecados, y la otra como modelo de nuestros actos.

65.—Para remedio, ciertamente, porque contra to­dos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la pasión de Cristo. Ahora bien, incurrimos en cinco males.

66.—En primer lugar, una mancha: el hombre, en efecto, cuando peca, mancha su alma, porque así como la virtud del alma es su belleza, así también el pecado es su mancha. Baruc 3, 10: "¿Por qué, Israel, por qué es­tás en país de enemigos... te has contaminado con los cadáveres?". Pero esto lo hace desaparecer la Pasión de Cristo: en efecto, con su Pasión Cristo hizo un baño con su sangre, para lavar allí a los pecadores. Apoc I, 5: "Nos lavó de nuestros pecados con su sangre". En efecto, se lava el alma con la sangre de Cristo en el Glossary Link bautismo, pues por la sangre de Cristo tiene el bautis­mo virtud regenerativa. Por lo cual cuando alguien se mancha por el pecado, le hace una injuria a Cristo y peca más que antes (del bautismo). Hebreos 10, 28-29: "Si alguno viola la ley de Moisés es condenado a muer­te sin compasión, por la declaración de dos o tres tes­tigos. ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merece­rá el que pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por impura la sangre de la Alianza?".

67.—En segundo lugar, caemos en desgracia respec­to a Dios. Porque así como el hombre carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la espiritual, que es la be­lleza del alma. Así es que cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y le tiene odio al peca­dor. Sabiduría 14, 9: "Dios odia al impío y su impie­dad". Pero esto lo borra la Pasión de Cristo, el cual satisfizo a Dios Glossary Link Padre por el pecado, por el que no podía satisfacer el propio hombre, porque la caridad y la obe­diencia de Cristo fueron mayores que el pecado del primer hombre y su desobediencia. Rom 5, 10: "Cuan­do éramos enemigos (de Dios), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo".

68.—En tercer lugar, caemos en debilidad. Porque el hombre tan pronto como peca cree poder en seguida preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; porque por el primer pecado se debilita y se hace más inclinado al pecado; y así domina más el pecado al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede le­vantar, como quien se arrojara a un pozo. Por lo cual después de haber pecado el hombre, nuestra naturaleza se debilitó y corrompió, y entonces el hombre se encon­tró más inclinado a pecar. Pero Cristo disminuyó esta flaqueza y esta debilidad, aunque no la suprimió entera­mente. Sin embargo, de tal manera ha sido confortado el hombre por la Pasión de Cristo, y debilitado el pe­cado, que ya no estamos tan dominados por él; y puede el hombre, ayudado por la gracia de Dios, que nos con­fiere con los sacramentos, que tienen eficacia por la Pasión de Cristo, esforzarse de tal manera que puede apartarse de los pecados. Dice el Apóstol en Rom 6, 6: "Nuestro hombre viejo fue crucificado con El, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado". En efecto, antes de la Pasión de Cristo se halló que eran pocos los hombres que vivieran sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.

69.—En cuarto lugar, incurrimos en el reato de una pena. Pues la justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado. Y la pena se mide por la culpa. De modo que como la culpa del pecado mortal es in­finita, puesto que es contra el bien infinito, o sea, Dios, cuyos preceptos menosprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita. Pero Cristo por su Pasión nos levantó esa pena, y El mismo la padeció. I Pedro 2, 24: "El mismo llevó nuestros pecados (esto es, la pena del pecado) en su cuerpo". Porque la virtud de la Pasión de Cristo fue tan grande que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuan­do fuesen sin cuento. Por eso los bautizados son alivia­dos de todos sus pecados. Por eso también el sacerdo­te perdona los pecados. Por eso también el que mejor se conforme a la Pasión de Cristo, mayor perdón ob­tendrá y más gracia merece.

70.—En quinto lugar, incurrimos en el destierro del reino. Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a dejar el reino. Y así el hombre por el pecado es echa­do del paraíso. Por eso, inmediatamente después de su pecado Adán es arrojado del paraíso, y es cerrada la puerta del paraíso. Pero Cristo por su Pasión abrió esa puerta, y llamó al reino a los desterrados. En efecto, abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso; y derramada su sangre, se limpió la mancha, Dios fue aplacado, suprimida fue la debilidad, fue ex­piada la pena, los desterrados fueron llamados al reino. Y por eso se le dijo al ladrón inmediatamente (Lc 23, 43): "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Esto no fue dicho en otro tiempo: no se le dijo a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; sino hoy, o sea, cuando es abierta la puerta, el ladrón pide y obtiene el perdón. Hebr 10, 19: "Teniendo... la seguridad de entrar en el santuario por la sangre de Cristo".


De esta manera, pues, queda patente la utilidad (de la Pasión de Cristo) en calidad de remedio.


Pero no es menor su utilidad en calidad de ejemplo.

71.—En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despre­ció en la Glossary Link cruz y que desee lo que Cristo deseó.

72.—Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, "nadie tie­ne mayor caridad que el que da su vida por sus ami­gos", Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si El dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: "¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?".

73.—Si buscas un ejemplo de paciencia,  excelentí­simo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien pade­ciendo pacientemente grandes males, o bien padecien­do algo que podría evitarse y que no se evita.


Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males. Treno I, 12: "Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi do­lor"; y pacientemente, porque, "al padecer, no amena­zaba", I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: "Como cordero lle­vado al matadero, y como oveja muda ante los tras­quiladores".


Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: "¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de án­geles?".


Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz. Hebr 12, 1-2: "Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consu­mador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia".

74.—Si buscas un ejemplo de humildad, ve el cruci­fijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: "Tu causa ha sido juzgada como la de un impío". En verdad como la de un impío: "Con­denémosle a una muerte afrentosa", Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Angeles por el hombre. Filip 2, 8: "Hecho obe­diente hasta la muerte".

75.—Si buscas un ejemplo de obediencia, sigúelo a El. que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rom 5, 19: "Como por la desobediencia de un solo hom­bre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos".

76.—Si quieres un ejemplo de desprecio de las co­sas terrenas, sigúelo a El, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque "se repartieron mis vestiduras", Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque "en mi sed me abre­varon con vinagre", Salmo 68, 22.


Sobre Hebr 12, 2: "El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia", dice San Agustín: "El hombre Jesucristo despreció to­dos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados".












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