Apología de la Doctrina Católica

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Adviento: Homilía primeras vísperas Bene

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este "venir" se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.
Los Padres de la Iglesia observan que el "venir" de Dios --continuo y por así­ decir, connatural con su mismo ser-- se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, "Catequesis" 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros dí­as se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.
Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la "plenitud del tiempo". Entre estas dos venidas, "manifestadas", hay una tercera, que san Bernardo llama "intermedia" y "oculta": tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la última.
"En la primera --escribe san Bernardo--, Cristo fue nuestra redención en la última se manifestará como nuestra vida, en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo" ("Disc. 5 sobre el Adviento", 1). Para la venida de Cristo que podrí­amos llamar "encarnación espiritual", el arquetipo es Marí­a. Como la Virgen conservó en su corazón al Verbo hecho carne, así­ cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas en su peregrinación terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.
La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo mí­sticamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios.
De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las "obras buenas" son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros "la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras".
Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comunión con todos aquellos --y gracias a Dios son muchos—que esperan en un mundo más justo y más fraterno.
Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz.
¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes "paz" es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinación de estos dí­as pasados a Turquí­a.
Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).
Comencemos pues este nuevo Adviento --tiempo que nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así­ en el cielo como en la tierra. Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen Marí­a, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos dí­as como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espí­ritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.

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